Aníbal Nieto, Premio Hipócrates 2026 del Colegio de Médicos a la trayectoria y dedicación profesional
Aníbal Nieto es ginecólogo, jefe del Servicio de esta especialidad en el hospital Virgen de la Arrixaca de Murcia. Este año, el Colegio de Médicos de la Región de Murcia le entrega el Premio Hipócrates a la trayectoria y dedicación profesional
Este año recibe el Premio Hipócrates 2026 del Colegio de Médicos a la trayectoria y dedicación profesional, ¿qué supone para usted este reconocimiento?
Un honor y profunda emoción, especialmente porque procede de una institución de tanto prestigio como es el Ilustre Colegio de Médicos, donde estamos varios miles de colegas, y soy consciente de que muchos de mis compañeros, serían igual o más merecedores de este reconocimiento. Este premio tiene significado especial para mí. Brinda la oportunidad para mirar atrás, para recordar que detrás hay muchas personas que han contribuido a hacerlo posible: tutores que nos han transmitido su conocimiento, compañeros que han compartido esfuerzos y dificultades, pacientes que nos enseñan cada día y la familia que nos rodea y que a veces han tenido que soportar las exigencias que conlleva nuestra profesión. Mi sentido agradecimiento por el premio recibido, el cual interpreto este no como un premio individual, sino como el reconocimiento de todos aquellos que, de una forma u otra, han contribuido a la realización de este trayecto con especial gratitud, y sentir. Me siento muy orgullo de ser médico y de que nuestra profesión se mantenga en la línea del pensamiento hipocrático, que es “poner al paciente en el centro”, respeto y medicina con conocimiento, compromiso y sobre todo humanidad.
¿Cuándo y cómo supo que quería dedicar su vida a la Medicina?
Recuerdo que fue en mi último año de bachillerato cuando empezó a surgir en mí la voluntad de continuar mis estudios en la universidad. Era un estudiante académicamente bueno, sacaba buenas notas, y en aquel momento tenía dos inquietudes muy diferentes: por un lado, las ciencias exactas, especialmente las matemáticas, que siempre me habían gustado; y por otro, la medicina.
Pero hubo una anécdota que, de alguna manera, fue determinante en mi vida. Un día iba en un autobús, como un pasajero más, y al pasar por un lugar vi que había ocurrido un accidente. No parecía especialmente aparatoso, pero había una persona tendida en el suelo. Mientras el autobús continuaba su marcha, me quedé mirando aquella escena y recuerdo que me vino un pensamiento que me impresionó: «Si yo tuviera conocimientos, si yo fuera médico, qué bonito sería poder ayudar a esa persona».
Fue un pensamiento muy sencillo, pero tuvo para mí un significado enorme. En ese momento descubrí que la Medicina no era solamente una disciplina que me interesaba desde el punto de vista académico, sino que podía ofrecerme algo mucho más importante: la posibilidad de ayudar a los demás.
Y así, al finalizar aquel curso, antes de llegar a la universidad —en aquella época hacíamos el COU—, ya tenía bastante claro qué quería hacer con mi vida: quería estudiar Medicina.
Y dentro de la Medicina, ¿por qué Ginecología y Obstetricia?
La verdad es que mi elección de Obstetricia y Ginecología fue algo que se fue construyendo durante la carrera.
En cuarto curso comencé a estudiar Obstetricia y recuerdo que la asignatura me resultó extraordinariamente interesante. La forma de enseñarla por parte de los profesores despertó en mí un interés especial y obtuve una matrícula de honor. En quinto curso llegó Ginecología y ocurrió algo parecido: me encantaban los profesores, me interesaba muchísimo el contenido y volví a obtener una matrícula de honor.
Paralelamente, apareció otra disciplina que también me apasionó: la Psiquiatría, en la que igualmente obtuve matrícula de honor. Por tanto, al finalizar la licenciatura tenía dos opciones que realmente me atraían: la Psiquiatría y la Obstetricia y Ginecología.
Pero, conforme se acercaba el momento de tomar una decisión, fui teniendo cada vez más claro que mi camino estaba en la segunda. Me atraía especialmente que fuera una especialidad muy completa, que combinaba el componente médico con el quirúrgico. La Obstetricia tenía, además, algo que me parecía extraordinariamente especial: acompañar y participar en el nacimiento de una nueva vida. Y la Ginecología ofrecía un campo quirúrgico muy amplio y estimulante.
Cuando terminé la licenciatura, ya lo tenía decidido. Cuando me presenté al MIR, sabía que quería ser ginecólogo y sabía, incluso, dónde quería formarme.
Obtuve el número 84 entre más de 18.000 candidatos presentados y tuve la oportunidad de elegir la segunda plaza de Obstetricia y Ginecología en España. Y mi elección fue precisamente la que ya tenía en mente: Obstetricia y Ginecología en el Hospital Universitario Maternal La Paz, de Madrid.
Visto con la perspectiva de los años, creo que fue una de las decisiones más importantes y acertadas de mi vida profesional.
En sus años de ejercicio profesional, ¿cómo diría que ha evolucionado la Medicina, su especialidad y la relación con los pacientes?
En estos años de ejercicio profesional he vivido una evolución extraordinaria de la medicina, de nuestra especialidad y también de la relación entre médicos y pacientes.
En cuanto a la medicina en general, creo que el cambio fundamental ha venido de la mano del enorme desarrollo tecnológico. La medicina ha progresado muchísimo, quizá no tanto en sus fundamentos, que siguen siendo parecidos, como en los medios que hoy tenemos a nuestro alcance para llegar a diagnósticos más precisos y ofrecer tratamientos cada vez más eficaces y seguros. La tecnología médica ha supuesto una auténtica revolución y ha transformado profundamente nuestra manera de trabajar.
En Obstetricia, la evolución también ha sido enorme. Hoy somos mucho más exigentes con nuestras actuaciones y disponemos de herramientas que permiten controlar el embarazo y el parto con un nivel de precisión que hace unas décadas era impensable. Pero también es una especialidad en la que la responsabilidad es muy elevada. La sociedad espera que un embarazo y un parto tengan siempre un final feliz, y cuando ocurre un desenlace adverso resulta difícil aceptar que, incluso haciendo todo lo correcto, existen complicaciones que forman parte de la propia naturaleza de la medicina. Esta realidad, unida a la creciente exigencia y responsabilidad profesional, ha favorecido en ocasiones la práctica de una medicina más defensiva.
En Medicina Reproductiva el avance ha sido espectacular. Hoy podemos ofrecer soluciones a muchos problemas que hace años prácticamente no tenían respuesta. Sin embargo, nos encontramos también con un nuevo desafío: el retraso de la maternidad. Cuando una mujer decide ser madre a una edad más avanzada, las consecuencias de la edad sobre la fertilidad están presentes y hacen que, en ocasiones, conseguir un embarazo sea mucho más difícil. La medicina reproductiva ha avanzado enormemente, pero también se enfrenta a nuevos retos derivados de los cambios sociales.
En Ginecología, tanto en la patología benigna como, especialmente, en la Oncología Ginecológica, hemos asistido a una transformación muy importante. Hemos pasado de tratamientos quirúrgicos mucho más agresivos a procedimientos cada vez más conservadores y personalizados. Recuerdo aquellas cirugías de mama profundamente mutilantes o determinadas cirugías pélvicas muy extensas que dejaban importantes secuelas. Hoy ese concepto ha cambiado radicalmente.
Actualmente intentamos conseguir el mismo objetivo quirúrgico con la menor agresión posible. Y ahí la tecnología ha vuelto a ser fundamental: la laparoscopia y, más recientemente, la cirugía robótica, nos permiten realizar procedimientos complejos mediante técnicas mínimamente invasivas, reduciendo el daño colateral, las complicaciones y los tiempos de recuperación.
Y quizá uno de los cambios que más me ha llamado la atención durante estos años es el que se ha producido en la relación con los pacientes.
Hace cuarenta años existía un modelo mucho más paternalista. El médico decidía y el paciente, en buena medida, aceptaba. Eso ha cambiado. Hoy el paciente quiere saber, quiere participar y quiere tomar decisiones sobre su salud. Y creo que ese cambio es positivo. Nuestra obligación es informar, explicar y acompañar al paciente para que pueda tomar decisiones con conocimiento.
Al mismo tiempo, la sociedad tiene acceso a mucha información en poco tiempo y eso conlleva un aspecto positivo y es que cada día necesitamos estar más preparados para dar respuesta a las interrogantes que nos consultan.
Y hay otro cambio que me preocupa especialmente: la tecnología en la consulta, que tanto nos ha ayudado, también ha introducido una cierta distancia entre el médico y el paciente. El ordenador se ha convertido muchas veces en un tercer elemento dentro de la consulta. Pasamos mucho tiempo mirando una pantalla, introduciendo datos o consultando un programa, y eso puede restarnos algo que considero fundamental: mirar al paciente a los ojos y escucharle.
Por eso, si tuviera que resumir estos años, diría que hemos ganado muchísimo en conocimiento, precisión y tecnología, pero no deberíamos perder por el camino aquello que siempre ha sido esencial en la medicina: la relación humana entre el médico y el paciente.
La tecnología debe ayudarnos a hacer mejor medicina, pero nunca debería sustituir la mirada, la escucha, la confianza y el acompañamiento que forman parte de nuestra profesión.
¿Y cómo prevé el futuro con la llegada de nuevas revoluciones como la Inteligencia Artificial?
De entrada, lo veo de una forma muy positiva. Sin lugar a duda, creo que la inteligencia artificial y las nuevas tecnologías nos van a ayudar a sumar. De hecho, ya las estamos utilizando, no solo a nivel personal, como cualquier usuario en sus tareas habituales, sino también en el ámbito profesional.
En primer lugar, en la gestión, ya existen programas a nivel institucional que se están beneficiando de la agilidad y de las posibilidades que ofrece la inteligencia artificial. Por tanto, en la organización y en la gestión sanitaria es ya una herramienta que nos aporta un beneficio claro y que tenemos presente en nuestro día a día.
En el ámbito de la docencia, las posibilidades son enormes. Hoy podemos preparar nuestras tareas universitarias, realizar revisiones bibliográficas y acceder a información de una manera prácticamente inmediata. Antes ya disponíamos de herramientas que nos permitían hacerlo, pero ahora el proceso es mucho más rápido y, probablemente, también más completo.
Y en investigación, las posibilidades son todavía mayores. Si somos capaces de definir bien qué queremos investigar y proporcionamos a estos programas los parámetros adecuados, pueden ayudarnos muchísimo a reducir los tiempos en la elaboración de un artículo científico, en el desarrollo de proyectos, en el manejo y análisis de datos y, en definitiva, en muchas de las tareas que forman parte de la investigación.
Pero es que también tiene un campo enorme en la actividad clínica. Cuando nos encontramos ante un caso complejo, la inteligencia artificial puede ayudarnos a localizar y organizar rápidamente la información científica disponible. Naturalmente, esa información siempre tiene que ser analizada y cribada por el profesional. La inteligencia artificial no sustituye nuestro criterio; nos ayuda a tomar decisiones mejor informadas.
Y esto ya lo estamos viendo en campos como la radiología, con el procesamiento de imágenes y la identificación de patrones relacionados con determinadas patologías; en la anatomía patológica; y, cada vez más, también en la cirugía.
Por ejemplo, en la cirugía robótica, cada procedimiento genera una enorme cantidad de información. Si toda esa experiencia se analiza de forma conjunta, con el tiempo podremos llegar a identificar cuáles son los movimientos más precisos, más seguros y con menor riesgo de complicaciones para cada tipo de procedimiento. Es decir, aprender de la experiencia acumulada de miles de cirujanos en todo el mundo para mejorar nuestra propia práctica.
Por eso, soy claramente optimista. Creo que, utilizada de una manera adecuada, responsable y siempre bajo el criterio del profesional, la inteligencia artificial no viene a sustituirnos, sino a ayudarnos. Y probablemente estamos todavía viendo solo el comienzo de todo lo que nos puede aportar.
¿Qué cree que tiene que hacer el médico ante estos nuevos paradigmas?
El médico y la médica no dejan de ser seres humanos: individuos con sentimientos, con emociones y con capacidad para comprender al paciente. Y eso nunca podrá ser reemplazado por un programa, por muy bien diseñado que esté, ni siquiera por la inteligencia artificial.
Indudablemente, tenemos que adaptarnos a las nuevas tecnologías y a estos nuevos paradigmas. Debemos saber aprovechar todo lo bueno que nos aportan. Si la inteligencia artificial nos permite agilizar la recopilación y el análisis de una gran cantidad de datos, liberarnos de tareas más mecánicas y disponer de la información de una manera mucho más inmediata, bienvenida sea.
Pero nunca debemos olvidar que la inteligencia artificial es una herramienta al servicio del médico, y no al revés. No puede sustituir al ser humano que hay detrás de un profesional de la medicina: su experiencia, su criterio, su capacidad de escuchar, de comprender y de acompañar al paciente.
Por eso, creo que siempre debemos ser nosotros quienes tomemos la última decisión, utilizando nuestro conocimiento y nuestro análisis crítico, y apoyándonos, cuando sea necesario, en herramientas como la inteligencia artificial.
La tecnología debe ayudarnos a ser mejores médicos, pero nunca debe hacernos dejar de ser médicos.
De sus años en activo… ¿algún recuerdo o etapa especial?
La verdad es que mis recuerdos de estos años son, en general, muy positivos. Evidentemente, no todo ha salido bien ni todo ha sido fácil, pero, haciendo balance, no puedo quejarme. He tenido la enorme fortuna de disfrutar de mi profesión y de aprender de cada una de las etapas que me ha tocado vivir.
Si tuviera que destacar una, probablemente me quedaría con mis primeros años como residente. Fueron años en los que cada hora era un aprendizaje nuevo y cada guardia suponía escribir una página más de ese gran libro de conocimiento que uno va construyendo a lo largo de la vida profesional. Y todo ello acompañado de la juventud, de la ilusión, de la curiosidad y de esas ganas enormes de aprender que se tienen al comienzo de la profesión. Fue una etapa de formación que me marcó profundamente y que nunca olvidaré.
Y, curiosamente, destacaría también esta última etapa de mi trayectoria, en la que me ha correspondido asumir la responsabilidad de gestionar y liderar un gran grupo humano como jefe de servicio del Hospital Clínico Universitario Virgen de la Arrixaca de Murcia.
Ha sido una experiencia muy enriquecedora. He tenido la suerte de trabajar con un equipo muy amplio, formado por excelentes profesionales, muy cualificados, pero sobre todo con una característica que para mí ha sido fundamental: su disposición permanente a crecer, a innovar, a investigar y a mejorar.
Creo que hemos conseguido formar un equipo fuerte, cohesionado y con capacidad para afrontar nuevos retos, y ver cómo ese esfuerzo colectivo va dando resultados es, para alguien que tiene la responsabilidad de marcar algunas directrices y liderar el camino, enormemente gratificante.
Por
eso, si tuviera que elegir dos momentos especialmente significativos de mi vida profesional, elegiría precisamente esos dos: el principio, cuando todo estaba por aprender, y esta última etapa, cuando he tenido la oportunidad de poner parte de lo aprendido al servicio de un equipo y de un proyecto colectivo.
Y quizá esa sea una de las cosas más bonitas de la medicina: empezar aprendiendo de los demás y terminar intentando que otros puedan seguir creciendo.
¿Cómo recuerda sus “primeros pasos” en el hospital?
Mis primeros pasos en el hospital los recuerdo con muchísimo cariño, porque mi trayectoria profesional se ha desarrollado fundamentalmente en tres hospitales y cada uno de ellos representa una etapa diferente de mi vida.
El primero fue el Hospital Maternal La Paz de Madrid, donde hice la residencia. Recuerdo perfectamente aquellos primeros días. Vivía en el barrio del Pilar, relativamente cerca del hospital, y muchas veces iba en bicicleta, la misma bicicleta que había utilizado durante mis años de estudiante en Murcia. Llegaba a aquella torre circular de La Paz, me ponía la bata y comenzaba una nueva etapa de mi vida.
Y allí tuve además la oportunidad de conocer a compañeros de procedencias muy diferentes: del País Vasco, de Madrid, de la Comunidad Valenciana, de Andalucía… Éramos jóvenes, teníamos una enorme ilusión y, para mí, estar formándome en aquella maternidad, que consideraba uno de los grandes centros de referencia de Europa, era algo extraordinario.
Fue una etapa de aprendizaje continuo, de mucha ilusión y, sin duda, una etapa inolvidable.
El segundo hospital fue, al terminar la residencia, el Hospital Universitario Príncipe de Asturias de Alcalá de Henares, de la Universidad de Alcalá. Allí llegué con algo más de madurez profesional, pero con exactamente la misma ilusión.
Además, tuvimos la enorme fortuna de incorporarnos a un hospital nuevo. Nuestra generación fue la que prácticamente tuvo que ponerlo en marcha y eso creó un sentimiento de pertenencia muy especial. Participamos en el diseño de las consultas, en la organización de los quirófanos y en la puesta en funcionamiento de los distintos servicios. Era, en cierto modo, como amueblar tu propia casa: aquello que estábamos construyendo iba a ser nuestro lugar de trabajo durante muchos años.
Fue una etapa de muchísimo trabajo, muy exigente, pero también preciosa. Y guardo un recuerdo extraordinario de aquellos años.
Y el tercer hospital, desde hace aproximadamente quince años, es el Hospital Clínico Universitario Virgen de la Arrixaca de Murcia. Aquí llegué ya en una etapa diferente de mi vida, con más experiencia y con nuevos objetivos y responsabilidades, pero nuevamente con una enorme ilusión.
Al principio fue una etapa de transición. Durante un tiempo, de lunes a viernes estaba en Murcia y los fines de semana volvía con mi familia. Hasta que finalmente toda mi familia se trasladó aquí y esa ilusión inicial se fue convirtiendo en un proyecto de vida.
Y hoy puedo decir que todos hemos crecido aquí, tanto profesional como personalmente, y que nos sentimos muy felices y orgullosos de formar parte de esta tierra y de esta institución.
Por eso, cuando miro hacia atrás, veo tres hospitales, pero también veo tres etapas de mi vida: La Paz, donde aprendí y me formé; el Príncipe de Asturias, donde ayudé a construir y consolidar un proyecto; y La Arrixaca, donde he tenido la oportunidad de desarrollar una etapa de madurez profesional y de liderazgo.
Tres hospitales, tres momentos diferentes, tres experiencias distintas, pero las tres tienen algo en común: la ilusión con la que las viví y el enorme cariño con el que las recuerdo.
¿Qué es lo que más y lo que menos le gusta de su trabajo?
Indudablemente, lo que menos me gusta es, al menos dentro del sistema público, la presión asistencial. En ocasiones, hace que el médico no disponga del tiempo suficiente para escuchar al paciente con la atención que merece y para poder demostrar y aplicar todo lo que sabe.
En cambio, lo que más me gusta de mi trabajo es la capacidad que tenemos los médicos para ayudar a los demás cuando atraviesan un problema o una enfermedad. Esa posibilidad de acompañar, de aliviar y, muchas veces, de solucionar, es probablemente una de las mayores satisfacciones de nuestra profesión.
Y, por supuesto, me apasionan los avances científicos y la innovación. En el ámbito asistencial, las nuevas tecnologías, como la cirugía robótica, nos han permitido abordar procesos muy complejos con mayor precisión y, en muchos casos, con una menor repercusión para el paciente.
Y también en el campo de la investigación, donde cada día vamos encontrando respuestas a muchas de las preguntas y dudas que surgen en nuestro quehacer diario. Gracias a la investigación y a la inversión en ella, conseguimos avanzar, generar conocimiento y ofrecer a nuestros pacientes tratamientos y soluciones cada vez mejores.
¿Cómo definiría su trayectoria profesional?
Si tuviera que definir mi trayectoria profesional con unas pocas palabras, hablaría de persistencia, constancia, esfuerzo y espíritu de superación. Creo que esos han sido los pilares sobre los que he construido mi vida profesional.
Cuando terminé la carrera, las circunstancias eran muy diferentes de las actuales. Había muy pocas plazas MIR. En aquella época no era fácil llegar a ser especialista. Pero recuerdo que pensé: «Si otros lo han conseguido, ¿por qué yo no voy a conseguirlo?». Esa idea me animó, me reforzó y me llevó a intentarlo. Finalmente obtuve un buen número y pude elegir el hospital y la especialidad que quería.
Después terminó la residencia y llegó otro momento complicado, porque había muy pocas oportunidades laborales. Me presenté a una primera oposición en la Comunidad de Madrid en la que había aproximadamente 15 plazas para más de 150 candidatos. Y volví a pensar lo mismo: «Si otros lo han conseguido, ¿por qué yo no?». Y tuve la fortuna de conseguir una de esas plazas, quedando entre los mejor calificados.
Más adelante llegó mi trayectoria universitaria. La acreditación para profesor titular era también un proceso muy exigente. Pero nuevamente afronté el reto con la misma filosofía: ¿por qué no intentarlo? Y también lo conseguí. Y así, paso a paso, hasta llegar a la cátedra.
En los últimos quince años aproximadamente se produjo un cambio importante en mi trayectoria. Hasta entonces, mi actividad se había desarrollado fundamentalmente entre la asistencia como clínico y la docencia y la investigación como profesor universitario. Pero llegó el momento de asumir una nueva responsabilidad: la jefatura de servicio. Eso supuso un cambio de paradigma, porque ya no se trataba únicamente de desarrollar bien mi trabajo, sino de gestionar, coordinar y liderar un grupo humano muy amplio, intentando que todos pudiéramos avanzar en una misma dirección. Y también tuve la oportunidad de conseguirlo.
Pero quiero dejar claro que nada de todo esto ha sido fácil. Detrás de cada paso ha habido mucho esfuerzo, mucha constancia y, sobre todo, una permanente voluntad de superación. Y también ha habido momentos en los que no he conseguido aquello por lo que competía.
Especialmente en el ámbito universitario, he tenido que competir en distintas ocasiones y no siempre he sido yo quien ha obtenido la plaza. Evidentemente, cuando no consigues algo por lo que has trabajado y competido, las primeras horas son difíciles. Pero después, con perspectiva, esos momentos también me han servido para crecer, para reflexionar y para volver con más fuerza.
Y hay algo que considero especialmente valioso de todo ese recorrido. En muchas de esas situaciones competitivas conocí a compañeros y profesionales extraordinarios. ganase o no ganase, intenté siempre mantener una relación cordial y respetuosa con ellos. Con el paso de los años, muchos de aquellos compañeros se han convertido en amigos y en personas con las que mantengo una relación profesional y personal muy cercana.
Hoy, cuando miro hacia atrás, quizá una de las mayores satisfacciones sea comprobar que puedo descolgar el teléfono y hablar directamente con muchas de las personas importantes de mi ámbito profesional. Y eso, en buena medida, también es fruto de aquellos momentos de competencia, de esfuerzo y de superación.
Por eso, si tuviera que resumir mi trayectoria en una sola idea, diría que no ha sido una trayectoria marcada por la facilidad, sino por la perseverancia. He intentado siempre afrontar cada reto pensando que, si otros podían conseguirlo, yo también tenía derecho a intentarlo. Y cuando no lo conseguía, procuraba que la derrota no fuera un punto final, sino un estímulo para seguir creciendo.
Con la perspectiva del tiempo, ¿qué le ha enseñado y qué le ha aportado la Medicina más allá de las competencias y habilidades propias del ejercicio?
La medicina me ha enseñado muchas cosas más allá de los conocimientos y de las habilidades propias de la profesión.
Me ha permitido conocer a muchos compañeros extraordinariamente cualificados que, con el paso del tiempo, en ocasiones se han convertido también en grandes amigos. Y me ha permitido ser testigo de cómo la medicina ha evolucionado de una manera extraordinaria, especialmente en el ámbito de la cirugía. Los avances tecnológicos han revolucionado nuestros tratamientos y, en ginecología, la cirugía mínimamente invasiva ha supuesto un cambio fundamental: conseguir los mismos objetivos con mucho menos daño para la paciente, con menos cicatrices, menos agresión y una recuperación mucho más rápida. Y hoy disponemos incluso de técnicas que permiten acceder a través de orificios naturales, como la vía vaginal, reduciendo al mínimo el daño colateral.
Pero, sobre todo, la medicina me ha enseñado algo que probablemente solo se comprende plenamente cuando uno está al otro lado, cuando deja de ser médico y se convierte en paciente.
En ese momento uno comprende de verdad lo importante que es tener a tu lado un buen médico o una buena médica; alguien en quien puedas depositar tu confianza, que transmita seguridad, que domine su profesión y cuyos consejos puedas seguir con tranquilidad, sabiendo que detrás de ellos hay una preparación extraordinaria, experiencia y compromiso.
Creo que esa es una de las grandes enseñanzas que me ha dado la medicina: además de curar, tenemos que ser capaces de generar confianza y acompañar al paciente cuando más lo necesita.
¿Qué valores cree que deben acompañar siempre al ejercicio de la Medicina y que a usted le han ayudado a ser mejor profesional?
Creo que la vocación, la responsabilidad, la honestidad, la empatía y, sobre todo, la humanidad.
A lo largo de mi trayectoria, hay dos palabras que quizá me han acompañado especialmente: constancia y esfuerzo. La medicina es una profesión que exige estar aprendiendo continuamente, asumir responsabilidades y afrontar momentos difíciles sin perder la ilusión por seguir mejorando.
Pero si hay algo que considero fundamental es no olvidar nunca que, detrás de cada enfermedad, hay una persona. Podemos disponer de la mejor tecnología, del mejor conocimiento científico y de las herramientas más avanzadas, pero el paciente necesita también que le miremos a los ojos, que le escuchemos y que sienta que estamos a su lado.
Creo que esa combinación entre conocimiento, esfuerzo y humanidad es la que permite ser cada día un poco mejor médico y, sobre todo, una mejor persona. Y, después de tantos años de profesión, sigo pensando que esa es una de las grandes enseñanzas que me ha dado la medicina.
¿Qué consejo les daría a los residentes que empiezan ahora su periodo de formación como especialistas?
Considerao que nuestros residentes llegan hoy extraordinariamente preparados desde el punto de vista científico. No tengo la menor duda de que es así. Tienen acceso a una cantidad de información y de conocimiento que nosotros no tuvimos cuando comenzamos.
Pero viven también inmersos en la sociedad que nos rodea: las redes sociales, los ordenadores, internet, las pantallas… Y creo que, precisamente por eso, hay algo que no debemos perder nunca: la humanidad en nuestra relación con el paciente.
A veces estamos delante de un paciente y nuestra mirada se dirige inmediatamente a la pantalla, a la historia clínica, a los datos que tenemos delante. Y puede ocurrir algo tan sencillo, pero tan importante, como que ese paciente se vaya sin que nosotros hayamos sido capaces de mirarle a los ojos.
Ese es probablemente el principal consejo que les daría: que miren a los ojos, que escuchen, que tengan tiempo para el paciente. Que si en algún momento hay que cogerle la mano, que lo hagan. Que intenten ponerse en su lugar, que sean empáticos y que consigan generar confianza.
Porque el paciente, normalmente, está en una situación de debilidad y nosotros somos los profesionales que tenemos los conocimientos y las herramientas para ayudarle. Pero si entre el paciente y el médico se establece una relación de desconfianza, perdemos una parte importante de nuestra capacidad para resolver su problema.
Por eso les diría: recuperemos la confianza, cuidemos esa relación y no olvidemos nunca que, antes que una enfermedad, delante de nosotros hay una persona.
Y les daría también otro consejo desde el punto de vista profesional. Cuando un residente comienza su formación, normalmente está abierto a prácticamente todas las posibilidades. Todavía no sabe exactamente qué área de la especialidad le va a apasionar más. Y eso es algo maravilloso.
Que aprovechen esa etapa para descubrirla. Porque estoy convencido de que cualquier área de la medicina, cuando uno profundiza en ella, cuando se introduce de verdad, cuando llega hasta el fondo del conocimiento, termina por apasionarle.
Por tanto, que estudien, que pregunten, que observen, que se impliquen y que intenten llegar al fondo de aquello que hagan. Porque cuando uno consigue dominar un área de la medicina, no solamente adquiere conocimiento: también descubre la satisfacción y el placer de hacer bien su trabajo.
En definitiva, les diría que jamás dejen de aprender, que nunca dejen de mirar al paciente a los ojos y que no olviden la investigación, es la forma para conseguir progreso científico que servirá de ayuda a los demás
¿Y qué mensaje te gustaría trasladar a los ciudadanos?
Simplemente, que confíen en sus médicos. Son profesionales altamente cualificados, preparados y, sobre todo, comprometidos con su trabajo. Estoy convencido de que la inmensa mayoría dará siempre lo mejor de sus conocimientos y de su experiencia para resolver los problemas de sus pacientes.
Confianza. Ese sería mi mensaje.
Y si alguna vez un ciudadano percibe que su médico no le dedica todo el tiempo, la cercanía o la atención que le gustaría recibir, que no piense necesariamente que es una falta de interés por parte del profesional. Muchas veces es consecuencia de la enorme presión asistencial a la que está sometido nuestro sistema público de salud.
Detrás de ese médico hay, habitualmente, un profesional profundamente vocacional, que ha elegido esta profesión para ayudar a los demás y que intenta, con los medios y el tiempo de que dispone, conseguir siempre lo mejor para cada persona que tiene delante.
Por eso, mi mensaje final sería muy sencillo: confíen en sus médicos, valoren su preparación, pero también su vocación y recuerden que, al otro lado hay una persona que, en la inmensa mayoría de los casos, está haciendo todo lo posible por cuidarles y por conseguir lo mejor para cada paciente.
Noticia publicada el 21-10-2026